Noches que merecen una vida

En Macondo comprendí, que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver… Eso escribió una vez Sabina en Peces de ciudad. Pero, sin que sirva de precedente, en esta ocasión no estoy de acuerdo con él. En diciembre volví a mi adolescencia. Es más, a la parte feliz de mi adolescencia. Fue casi un sueño…

Corría la década de los 90 y un joven canario se bajaba de un avión en Madrid desde Tenerife para comenzar su carrera. Bueno, quizás en aquel momento con la esperanza de hacerlo. Mientras, yo crecía en una pequeña ciudad de la costa aunque para mi, sobre todo entonces, era un pueblecito de la costa. Desde allí, como podía (entended que Internet apenas comenzaba), trataba de imaginarme en un ambiente distinto, más cálido, quizás más amable, donde todos tuvieran cabida. Fantaseaba con un pequeño local, que conocía de oídas, con conciertos que en mi imaginación se extendían hasta la madrugada, como en el Monólogo de Silvio… Una guitarra, tres acordes y largas noches para compartir.

El chico canario comenzó a crear canciones en las que yo tenía cabida. Compuso un disco fantástico (al que luego seguirían 15 más) y se fue alejando poco a poco del pequeño local porque, por suerte (aunque más bien podría decir por trabajo duro y por talento) se hizo un nombre. Y, por mi parte, como suele suceder, al final me busqué una excusa como otra cualquiera (estudiar periodismo, por ejemplo) para cogerme un tren y mudarme a Madrid. Cerca del Libertad 8, por cierto, que era el pequeño local, con ventiladores en el techo y las paredes ocres, en el que el chico canario comenzó a cantar.

Acostumbro a dar largos paseos nocturnos por el barrio y en uno de ellos, en el cartel de la puerta que siempre me paraba a mirar, de pronto ponía algo que no podía ser: 27 de diciembre, Pedro Guerra. Os juro que si hubiera puesto 28 de diciembre había creido que se trataba de una inocentada. Pero no. Ponía 27. Mis vacaciones comenzaban el 26. Así que allí estábamos. 20 años más tarde pero estábamos. Si me preguntáis, yo casi que le vi la melena rizada en lugar del pelo canoso y corto de ahora, que demuestra que ni él se acaba de alejar del Atlántico que le vio crecer, y al ritmo del que compuso sus primeros versos cantados, ni yo soy ya una adolescente gaditana con la cabeza llena de fantasías (más por lo de adolescente que por otra cosa). Luego nos confinaron. Y la música (en directo) paró. Para colmo, en medio se nos fue Aute. Y cuando poco a poco vamos saliendo, a través de una de estas infernales redes sociales, vuelvo a encontrarme con él. Pedro Guerra, Libertad 8. 2 días. 4 pases.

Y entonces me acuerdo de Sabina y le digo mentalmente: Mira Joaquín, esta vez no. Que no tienes razón. Que merece volver una, dos, tres… Las veces que haga falta. Y por pudor no os diré las veces que volví. Y que volveré. Porque aunque le había visto en otros sitios más grandes (y también volveré)… no es lo mismo. No sé que tendrá, si será la distancia corta o mi propia naturaleza que tiende a fabular más de la cuenta, pero tiene algo especial. Hay quien tiene la idea del cantautor lánguido con su guitarra. Siempre cantando y contando cosas trascendentales y tristezas. No es el caso. Guerra es divertido e ingenioso y ojo no confudáis con falta de profundidad (solo hace falta acercarse a sus letras, quien más le dedicaría una canción al Asteroide Tarkovski).

Rápido de ideas y de lengua es capaz de desarmar a una sala repleta, de manejar las emociones que despiertan sus canciones para llevar al público donde quiere. Más esta, que ya es casi como el salón de casa y que la mitad de veces está llena de familia. Con las limitaciones de aforo de esta “nueva normalidad” pues os podéis imaginar… Para mi, todo un lujo. De hecho no sé como no había cola en la puerta para poder aprovechar la oportunidad. Poderlo ver de cerca, dejando pasar sus dedos por encima de la guitarra, porque parece que ni toca las cuerdas, que las notas van apareciendo casi por arte de magia, como una extensión más de su cuerpo.

Podría hablaros del repertorio… pero es complicado porque sus canciones son tan personales (para mi al menos) que cada uno tiene sus favoritas, aquellas que le susurran directamente desde su propia vida. No es que te gusten más o te gusten menos, simplemente es que ya son tuyas. Si diré que tuvimos el privilegio de escuchar algún adelanto del nuevo disco (atentos porque promete) que está terminando junto a Pablo Cebrián, que se lo produce, (y como una cosa lleva a otra, también os recomendaría escucharlo).

Es raro encontrar un concierto en el que quien va parece que lo que quiere es compartir sus canciones, obviamente vive de ello, pero es un favor mutuo. Porque hay gente que las necesita. Un concierto grande, con luces, efectos especiales, vídeos, es impresionante. Apabullante. Pero este tipo de conciertos, casi de playa con el Atlántico sonando de fondo, arrasan por dentro a quien los vive. Los llenan de emociones y sinceridad. Cuando alguien no necesita más que su guitarra y su voz para conseguir cantar todo eso que tu sientes y que no consigues encajar y le da una forma, un sentido o simplemente compañía. Y unas palabras. Y qué palabras. Y yo que he vivido gran parte de mi vida de sueños de pronto volvía a 2000 recuerdos (por cierto Pedro, en Cádiz los flippers también se llaman flippers) y siento que soy yo bajándome del tren en Atocha con mi maleta y echando de menos parte de lo que se quedaba atrás.

Canciones que en muchas ocasiones han sido como una tabla de salvación cuando el mar se ponía bravo y naufragabas. Miedo, Otra forma de sentir, Daniela, 3000 años, La lluvia nunca vuelve hacia arriba, Lazos, Deseo, Nunca más estar triste… Podría empezar y no parar porque he crecido con Golosinas y Tan dentro de mi como refugio y poco a poco continué con el resto. Y cuando vas madurando y ganando en entendimiento descubres unas letras profundas, llenas de recovecos, que se alejan de los clichés habituales y que te permiten sentirte cómoda con tu propia complejidad. Una mirada serena sobre un mundo que se acelera por momentos y un remanso de paz donde, con un poco de leña para un fuego, sentarse y simplemente, si no conoces la letra, tararear… Y llenar los nombres y recuerdos de tu pasado de música.

Es en este tipo de conciertos donde se esconde la música. La poesía. Esa que te salva en los peores momentos, que te levanta y te empuja a seguir. O quizás eso es lo que yo siento. Y os animaría a todos a seguirlo de cerca y que os dejéis simplemente flotar… Solo espero que no me dejéis sin sitio…