Corren malos tiempos para la lírica

“En mí combaten el entusiasmo por el manzano en flor y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda”. (Bertolt Bretch “Malos tiempos para la lírica”).

El título del poema se utiliza comúnmente en referencia a los tiempos mercantilistas y consumistas que corren y que constituyen un mal momento para la inspiración, y en muchas obras literarias actuales, cada vez más, el estilo es secundario y se utiliza un lenguaje simple, repetitivo y estandarizado. El discurso se organiza linealmente. Lo fundamental es la acción a la que se subordinan los personajes que suelen ser esquemáticos y estereotipados. De hecho, se piensan para ser adaptadas a las circunstancias de la audiencia, a los éxitos o a una posible adaptación cinematográfica. Se orientan para crear continuaciones, series y otros productos. De igual manera la imprenta da relevancia a la figura del autor al ser parte del fenómeno de consumo. Poco importa cuán profundo pueda ser sino si resulta del agrado del público y venda la mayor cantidad de libros posible convirtiéndose en una marca. “El cambio se convirtió en toda una máquina para hacer riqueza”, según McLuhan.

Todo esto viene a que finalmente he leído Sakura, de Matilde Asensi y que se ajusta perfectamente al diagnóstico anterior. Lo adquirí hace tiempo y he ido postergándolo hasta que el confinamiento me ha dado la ocasión.

El último catón fue mi toma de contacto con Matilde Asensi que sin engancharme del todo me pereció entretenida. No deslumbrante, pero sí bastante amena como para pasar las largas tardes lejos de casa por cuestiones de trabajo. Otra cosa fue años más tarde El regreso del Catón. En ocasiones réplica de la anterior, con demasiadas peroratas históricas y religiosas, generando desigualdad en ritmo y tonos, incidiendo demasiado en personajes desprovistos de fondo.

Años después aproveché los viajes en AVE a Madrid para leer El salón de ámbar. Entretenido, ligero. Apropiado para este tipo de ocasiones en que no importa demasiado interrumpir la lectura al llegar a la estación sin tener muy claro cuándo retomarla.

En plena pandemia le tocó turno a Sakura. Muy en resumen es una especie de yincana a base de una sucesión de escape rooms más propia de un videojuego en la que los concursantes buscan al Doctor Paul Gachet, el cuadro de Vincent Van Gogh del que se perdió la pista cuando su propietario, un millonario japonés, fue incinerado quizá con el lienzo en su féretro. Poco más se puede contar de su trama. Podría decirse que se trata de la segunda temporada de El salón de ámbar ya que si en esta discurre por las alcantarillas de París, en Sakura se desarrolla en subterráneos nipones, con el consiguiente ahorro en ambientación, y nada nuevo salvo las pruebas y el premio final.

En las reseñas y promociones se hizo hincapié en la labor investigadora y divulgadora de la autora hasta el extremo de calificar la obra como novela histórica. Más me parece una recapitulación de datos sobre Van Gogh y Japón colocada aquí en exceso, de forma desordenada, como si de un pastiche de datos a barullo se tratase, echándose en falta una prosa fluida y natural, no como la de Asensi en la que chirrían muchas frases y en la que sobran muchas palabras y descripciones. Además una novela de este tipo para ser buena debe explicar mejor las cosas y aquí todo está cogido por los pelos.

¿Una mala novela? No diría tanto. Sólo una más de la ingente multitud de obras que inundan el mercado y abarrota los estantes de los grandes almacenes a rebufo de Códigos da Vincis, Harrys Potters o Sombras de Greys, apañada para echar el rato.