Weiss en tiempos de Operación Triunfo

Corría el año 2007, creo, y yo acudía al María Guerrero llena de expectativas. Llevaba unos añitos ya en Madrid pero nunca había podido verlos en directo. Casi volaba con mi entrada en la mano. No no me he equivocado y si me conocéis sabéis que no me gusta escribir mal de nadie, pero tampoco puedo mentir. Sé el trabajo que conlleva levantar una obra pero hay veces que sale mal. O que se escoge la obra equivocada

Pues eso, que he vuelto a ver Marat Sade. Una obra de la que en 2007 salí queriendo quemar el mundo. Me compré el texto, que el otro día volví a sacar de la estantería y descubrí, para mi sorpresa, que tiene como marcapáginas la entrada de Vida y Muerte de María Abramovic, lo que me pareció ciertamente muy apropiado. Y volvió a mi cabeza el duelo de Pedro Casablanc y Alberto San Juan. Y Nathalie Poza y su narcolepsia. Y Roberto Álamo. Y Miguel Rellán. Y Javivi, al que tenía manía hasta que le vi haciendo de loco de Charenton. Y aquellas sábanas blancas que a montones lo cubrían todo. Y dije, pues vamos a ver que tal y si sois avispados adivinareis que no muy bien porque no hago más que hablaros del montaje de Andrés Lima.

 

No hay nada peor que mientras que estás viendo una obra te acuerdes de otra. Todo el tiempo. Ya cuando entré y vi el espacio completamente vacío pues me empecé a encontrar así yo también. Vacía y desubicada. Pero además cuando montas una obra a tres bandas, con las butacas formando una U, tienes que tenerlo en cuenta y aquí durante buena parte del montaje, proyecciones incluidas, parecen no tenerlo. No se trata de hacer una escena para cada grada. Y cuando los actores, que además interpretan a locos que interpretan a personajes, están todo el tiempo en escena no se pueden despistar un segundo (y aquí destacaría el trabajo de Itziar Miranda y Emilio Buale, además de los protagonistas el problema es que son 8 más).

 

Pero ya rozó el absurdo cuando convierten la obra de Peter Weiss, de donde bebió Antonin Artaud para su teatro del dolor, que tradujo por primera vez al castellano Alfonso Sastre, en una sucesión de canciones más propias de Operación Triunfo o de Hoy no me puedo levantar que otra cosa. No usar rock no convierte un montaje en una obra rompedora. Que al batería se le caigan las baquetas por el aire de la emoción tampoco. Poner la marsellesa con una base de tecno tampoco. El ser rompedor está en el fondo. Y aquí se quedó por el camino.

Estando como director el señor marqués de Sade, tiene que haber sexo. Pero una obra no es rompedora por decir consolador 7 veces en una canción (además totalmente fuera de época) o tener a todos los actores con la mano en la bragueta o simulando follar (y digo simulando porque las posiciones que adoptaban directamente no eran viables). Marat Sade es una obra de teatro interpretada por un grupo de internados en un psiquiátrico dirigidos por Sade, diganselo de nuevo a Lima, que se fue a una institución mental real y que mostró gran respeto. Esa parte parece que se les ha olvidado o estar loco es ir dando vueltas por el escenario dando gritos o con cara de asco, que aún no se por que las narcolepticas tienen cara de asco todo el rato. Y si se grita todo el texto… El grito pierde su sentido.

En medio de todo ello Juan Codina, Marat, y Nacho Fresneda, Sade, hacen lo que pueden. Que con estos mimbres tampoco es que sea mucho porque el texto ha sido aligerado para los tiempos que corren hasta convertir el látigo de siete colas con el que se azota a Sade en la suave melena de Ana Rujas (¿recordáis lo que decía de que lo rompedor está en el fondo?). Al menos las escenas en las que se enfrentan si tienen más densidad y más poso. El texto respira algo más y las ideas intentan llegar al espectador. Si intentan encarnar esa lucha eterna entre idealismo y hedonismo. Entre el dolor como medio necesario para la libertad o para el propio placer. Entre la necesidad de luchar y la elección de gozar.

 

Así que mientras que me volvía a casa, con un sabor agridulce y echando de menos la rabia de un texto que conozco, no me sorprendía escuchar a unos espectadores y otros decir “pues menos mal que al final lo explican, porque no he entendido nada”. Lo olvidaba. Vivimos en tiempos de Operación Triunfo.