Pride: Unidos y orgullosos con motivo

PRIDE-cartel-A4.jpg_rgbAún no sé por qué me gustó Pride. No soy muy amiga de las comedias y tampoco de las películas lacrimógenas. Pero lo cierto es que me gustó, eso pensaba cuando salía de la sala y me secaba los ojos que llevaba algo húmedos (con la siempre factible excusa de la diferencia entre la oscuridad interior y la luz diurna). La cinta de Matthew Warchus entronca con una corriente de cine británico de gran popularidad a finales de los 90 y principio de los 2000, con películas como Tocando el viento, La camioneta o Full Monty, en la que la comedia y la tragedia se trenzaban de forma deliciosa. Dramedia creo que la llaman ahora los entendidos en televisión.

Si la cinta fuera española, es probable que más de uno entonara el “otra historia sobre la huelga de los mineros galeses durante el mandato de Thatcher”. Pero por suerte la cinta es británica y ellos no parecen tener reparos en seguir profundizando en una época llena de historias humanas como esta. La historia de un grupo de gays que comenzaron a recaudar fondos para los mineros para descubrir que los propios beneficiarios, el sindicato de mineros, no lo querían por saber su origen. Pero como no hay nada mejor que hablar de persona a persona consiguieron que un minero de una pequeña comunidad galesa y hasta allí se van para hacer lo que pretendían: echar una mano.

Foto: Image.net

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El guión de Stephen Beresford es ágil, divertido, tierno, capaz de dibujar la realidad sólo con unos pocos trazos (las dificultades de los homosexuales, las de los mineros, una época en la que el VIH comenzaba a descubrirse…) , todo ello al ritmo de la mejor música que marcó la época. De hecho, es uno de los grandes descubrimientos de las mujeres galesas: los hombres bailan, al menos los gays sí (y Dominic West, sí ese animal que protagonizó Centurión, lo hace con especial gracia y ritmo). Y como caracterizaba a aquel cine al que hacía referencia al principio, la moralina queda reducida al mínimo o mitigada con el humor. Imaginen a un grupo de señoras de pueblo, conservadoras, en la habitación de una pareja gay descubriendo todos sus juguetes sexuales…

Todos los actores están espléndidos, desde los consagrados de los que nada vamos a descubrir como Imelda Staunton o Bill Nihghy, a Paddy Consdine (uno de esos secundarios imprescindibles), el propio West o los más jóvenes entre los que destacan George MacKay, como el tímido joven de una familia católica o Ben Schnetzer, quien da vida al principal activista del grupo, un líder gay y juvenil que consiguió promover diferentes causas en una vida comprometida hasta el final.

Es una película para disfrutar, para pasar un buen rato con una historia que no está exenta de problemas, ninguno de los dos grupos pasaba por su mejor momento. Pero en ocasiones de las dificultades y los momentos duros es de donde sale lo mejor de las personas. Donde podemos realmente hacer un alto y escuchar, sin prejuicios, lo que nos está diciendo el que tenemos delante y más si quiere ayudarnos.

Foto: Image.net

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Supongo que todo esto explica por qué, pese a no gustarme las historias lacrimógenas basadas en hechos reales sí me gustó Pride. Porque la sinceridad con la que está hecha, la honestidad con la que defienden los actores sus personajes, quedan por encima de cualquier prejuicio y permiten, simplemente disfrutar de dos horas y, a pesar de conocer el final, emocionarse con la generosidad de un grupo de personas que por una vez dejaron sus diferencias de lado y simplemente se dedicaron a perseguir un objetivo. Sobrevivir.

 

Trailer de la película

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