La comicidad del smoking

Sin título-4Fue el primer hombre que recuerdo que hiciera reír a carcajadas a mi madre. Que ya es mucho. De hecho, el único por el que ella se pasó una noche en vela en la puerta de un teatro para conseguir unas entradas. Ni Bruce Springsteen o los Rolling Stones lo han conseguido. Entonces no había Internet y si querías verle, a él y a sus compañeros, no te quedaba más remedio que hacer cola. Más si era en Sevilla y solo tenías un día. Así que la buena señora se armó de paciencia y acompañada de un amigo vieron amanecer y, por suerte, lograron su objetivo. Por suerte para mi y para mi padre que dormíamos plácidamente en nuestras camas, claro.

Aprendí a amar a Les Luthiers en disco y antes de aquella noche de verano ya conocía de memoria varios de sus sketches. Escuchaba compulsivamente Muchas gracias de nada (en vinilo, para que se hagan una idea) sin terminar de entender bien su complejo vocabulario. Pero jamás olvidaré la primera vez que vi en directo el dúo interpretado por Mundstock,  siempre tan serio,  tan severo pero con una de las voces más hermosas que conozco, y Rabinovich, el eterno niño, alguien inocente y literal que decía lo primero que se le pasaba por la cabeza. Al menos a su personaje. Un tipo que te caía bien nada más verlo y que dejaba traslucir su gran humanidad, según dicen (no tuve el placer de tratarle) desde el escenario.

Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock

Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock

Luego los he visto alguna vez más,  una de ellas, de hecho, sin Daniel. Lo sustituían dos, y aún así el hueco seguía quedando. Eran muy buenos, pero no era lo mismo. Hoy me despierto sabiendo que jamás me volverá a hacer reír en directo. Una enfermedad cardíaca le ha mandado de Buenos Aires junto a Mastropiero para seguir interpretando sus mejores piezas. Les Luthiers eran cinco pero para mi fueron fundamentales dos: Marcos Mundstock y él. Daniel Rabinovich.

Tenía 71 años y era notario de profesión pero nunca ejerció, tocaba el violín y la guitarra aunque era un virtuoso del bass-pipe-a-vara, el calephone o el latín, todos ellos instrumentos creados por estos Luthiers y que hasta Antonio Stradivarius envidiaría. Cualquiera diría que había estudiado algo tan formal viéndole tirar todos los atriles de sus compañeros y liando las partituras en La bella y graciosa moza o siendo “otro pobre desgraciado” salvado por Warren Sánchez . Es lo que tienen los padres. Pero es difícil dar más detalles, porque me pasaría como en los discos, la mitad del tiempo oyes las carcajadas de la gente por algo que no se escucha, que generalmente era él.

Sin título-5La comicidad del grupo era exigente, compleja, con intrincados juegos de palabras acompañados de los gags de siempre. Y, como comenzaba diciendo, si son capaces de hacer reír a mi madre es que son muy buenos. Por otro lado, sus canciones mostraban la formación musical de todo el grupo que incluso crearon a su propio mito: Johan Sebastian Mastropiero (y ahora imagínense una voz grave y modulada diciendo: Del que se podría destacar… nada porque “toda vez que, por necesidades económicas, Mastropiero se vio obligado a componer música a pedido o por encargo, produjo obras mediocres e inexpresivas. Por el contrario, cuando sólo obedeció a su inspiración, jamás escribió una nota”).

 

Una vida dedicada al humor y a hacer reír vestido de riguroso smoking. Ese era Daniel Rabinovich. Después de 50 años de carrera, de haber conocido teatros grandes y pequeños, lo que ya nadie nos podrá arrebatar es la carcajada, el torrente desbocado recordando palabra tras palabra de la última actuación, que genera entre los cómplices espectadores la simple mención de un gag o un gesto. Que no es poco.

Hoy se pueden disfrutar cientos de sketches de Les Luthiers en Internet, y aunque resulta tremendamente complicado decidirse por alguno que destaque del resto de su ingente obra, insertamos en estas líneas Ester Psícore y Terpsícore, en el que Ravinovich y Mundstock hacen gala de su proverbial maestría.

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