Siete personajes en busca de Hamlet

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Foto: Twitter oficial Compañia Nacional de Teatro Clásico

Tenía que pasar. Es una de esas cosas que tarde o temprano, en el mundo del teatro, tenía que pasar. El encuentro irremediable entre Miguel del Arco, el Príncipe de Dinamarca y yo. Y la otra noche por fin tuvo lugar la cita. Y aunque echo en falta esas veladas de marcos sin lienzo y carreras entre el patio de butacas, el sabor del vino fue más que satisfactorio.

Una cita que venía detrás de un italiano, un ruso y un francés y que por primera vez hacía que me enfrentara a un texto que conocía de antemano. Pirandello me gusta. Molière a penas y lo revisité gracias a los Kamikazes. Pero Hamlet es Hamlet. El personaje sobre el que más se ha escrito y uno de los que más se representa. Y no puedo negar que tenía cierta inquietud sobre si sería capaz de aceptar la mano del madrileño en los versos del bardo. Unas palabras inmortales que escribió Shakespeare, o quien fuera, y a las que Del Arco le ha dado una vuelta de tuerca para encerrarnos en este caso en una habitación, la del príncipe Hamlet, y en un juego de espejos circular en el que el espectador no sabe si lo que sucede es real, soñado o inventado.

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Foto: Twitter oficial Compañia Nacional de Teatro Clásico

La función de Kamikaze Producciones es un espectáculo visual tan simple como efectivo, muy en la línea de una compañía que lo primero que se plantea con cada producción es que tienen que girar. Una cama, que será al mismo tiempo la de Hamlet y la de Gertrudis, sofá e incluso tumba (recordáis el morir, dormir, dormir, tal vez soñar) rodeada por unas cortinas y con unos marcos de madera al fondo para pasearnos por todo Elsinor. Funcional y práctico. Se acompañan de unas proyecciones que crean la atmósfera de Palacio y que, vestidas por la iluminación de Juanjo Llorens, hacen que sea innecesario cualquier otro atrezzo. Y ahora vamos con lo fundamental. La palabra y el actor.

Del texto, me queda volver a leer el original. Del Arco ha hecho una (necesaria) relectura a la función y frente a toda la opresión que supone estar encerrado dentro de Palacio ha potenciado el humor que subyace en todas las obras de Shakespeare (responsabilidad que el director ha volcado en el personaje de Polonio, interpretado por José Luis Martínez y obviamente los de Guilderstern y Rosencrantz interpretados por Jorge Kent y Cristóbal Suárez quien también es Laertes con un impresionante duelo final de esgrima).

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Foto: Twitter oficial Compañia Nacional de Teatro Clásico

A pesar del infernal calor del teatro, de lo que los Kamikazes no tienen la culpa y que te aleja un poco de las nieves danesas, las dos horas cuarenta de representación se pasan ágiles manejadas a la perfección por un Israel Elejalde que soporta sobre sus hombros el peso de la función y que arrolla a todos los personajes que le hacen frente. Elejalde desgrana las palabras como si no tuvieran peso ni profundidad, salen elegantes de sus labios y calan en el alma del espectador que le echa de menos cuando se marcha a Inglaterra y el ritmo se relaja.

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Foto: Twitter oficial Compañía Nacional de Teatro Clásico

 

Yo siempre había tenido al actor por un tipo serio, severo casi, pero gracias al príncipe he descubierto el gran niño que lleva dentro. Las escenas de la locura lo revisten de una inocencia (a pesar de la frialdad con las que las urde) infantil y es capaz de hacerte querer sentirte cómplice de su plan. También él, en esos momentos, hace gala del humor que han querido resaltar y aunque el director haya calificado a su personaje como psicópata (y en buena parte lo es) en muchos momentos no tienes más que ponerte de su lado y reírte con él de quienes le rodean.

El reparto, que sigue a su protagonista, tiene momentos desiguales y no puedo evitar decir que comparé la entrada de Ofelia con la de Celimena de Misántropo y eché en falta algo de la garra de la Lennie que en este caso no está con la compañía en Madrid. Además, los seis actores restantes se van dividiendo para dar vida a todos los personajes que tiene Hamlet (quince en total).

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Foto: Twitter oficial Compañia Nacional de Teatro Clásico

Una función llena de grises (nada es blanco ni negro y destaca el rutilante vestido rojo de Ofelia en su locura, una escena que probablemente no deje indiferente a nadie y quizás sea la apuesta más arriesgada). En este menage a trois entre dramaturgo, adaptador y espectadora, el balance es más que positivo, demostrando que lo importante de los clásicos es el fondo, el mensaje inmortal, y que, precisamente por eso, es posible traerlos hasta nuestros días y que una mujer del siglo XXI sienta como el peso del mundo cae sobre su cabeza y la arrastra río abajo. A mí sin duda me arrastró y ahora no me queda sino esperar el momento en el que podamos volver a encontrarnos. A sus pies, bardo Del Arco.

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