Vómito Schakespeariano

Hacía tiempo que no escribía pero qué queréis que os diga. Me han removido hasta los cimientos. Y es complicado escribir esto, porque en realidad, lo que querría es coger a cada uno y llevaros corriendo de la mano hasta el Teatro Kamikaze para que lo viviérais, porque es difícil de contar. Además del impacto de verlo sin saber nada, como es mi caso, que me negué ni a mirar fotos siquiera para no tener ningún tipo de información previa sobre qué habían hecho Miguel del Arco y Antonio Rojano con Ricardo III, de William Shakespeare.

Si bien Hamlet no fue quizás la mejor adaptación de la compañía (muy complicado tocar una obra tan conocida en la que cada espectador tiene un fragmento preferido y no se puede contentar a todos) el trabajo con el texto de Ricardo III es similar a lo que Stephen Moffat ha hecho con Sherlock Holmes. No hay nada de lo que debe estar pero está todo lo que debe. Hasta el invierno de nuestro descontento. Si Israel Elejalde dejaba hasta el último aliento dando vida al príncipe danés en el duelo a espada final, no sé qué es lo que le queda dentro después de suplicar por un caballo mientras el escenario se vuelve oscuro. Si hay una obra de teatro que ir a ver este año es, sin duda, esta.

Recuerdo que en una conversación con Del Arco, me decía que Shakespeare y Molière escribían para la gente de su tiempo. En su propio lenguaje, y que por eso sus obras llegaban al público como lo hacían y tenían tanto eco. Y que era un error no acercarlas al público actual. Claro. Yo eso se lo compro a él que es capaz de pixelarme la cara de dos niños (protección del menor, tenéis que entenderlo) cuando los saca a escena en medio de un drama familiar como este en el que su tío se ha cargado a media familia (y planea cargarse a la otra media). Lejos de vanalizar o desvirtuar las palabras del Bardo consiguen, él y Rojano, que el espectador se revuelvan en las sillas o se doblen de risa al ver (y verse) reconocidos en lo que pasa sobre el escenario. El tratamiento de la mujer, de las drogas, de los medios de comunicación… Ambos han sabido ver todo eso que en su momento vio el bardo y verlo en el mundo de hoy. Y contárnoslo a través de las palabras de un mago del teatro, como era Shakespeare, pero sin que nos resulten extrañas, ajenas o rimbombantes. “Van de ese palo”, como ellos mismos dicen… y yo se lo compro.

Decían algunos espectadores que es como un circo de tres pistas. Bueno, los Kamikazes nos tienen acostumbrados a eso, si los habéis visto en otras ocasiones (si no, ¿a qué esperáis?), a que pasen cosas todo el tiempo y en todo el espacio que tienen disponible. Sí. Pues eso. Pero más. Más grande, más rápido, más enérgico, todo lo que penséis… pues más. Y eso que empezaron con un banco y un marco (del que ni siquiera se veía el cuadro pintado porque daba la espalda al espectador). Tampoco esperéis grandes despliegues escenográficos. Seguimos fieles al banco. Para empezar porque las obras deben poder girar. Aunque es cierto que aquí los medios técnicos son mayores y han sabido aprovechar, mejor aún, las proyecciones que ya comenzaron a emplear con Hamlet y que tienen su espacio y su momento en la obra, fantástico trabajo de Pedro Chamizo. Y con el reparto escueto: Siete fantásticos actores que interpretan todo el drama de York. “Siete, tienes para siete, Miguel”, bromeaba. Pues con siete, a los que podemos añadir un par de invitados de escepción, se puede montar. Y tanto que se puede.

A ver, el argumento supongo que lo conoceréis. Es fácil. Ricardo Duque de Gloucester vuelve victorioso de la guerra. Deforme, cojo y con su chepa, en segundo plano con respecto a sus hermanos, planea poco a poco el ascenso hasta conseguir el poder. ¿Para qué? Pues para qué va a ser, para tenerlo, porque todo el mundo quiere tener el poder. Y si él no tiene cuerpo para ello, aunque sea todo un animal en la guerra como Del Arco y Rojano nos van a descubrir muy bien, sí tiene inteligencia. Y si es el más capaz… ¿qué le vamos a hacer? Para ello seducirá, matará, se hará pasar por mártir, conspirará, violará, corromperá, abandonará, engañará… hará… simplemente lo que haga falta hacer. ¿Por qué? Porque puede. Porque todos los demás son unas simples marionetas en manos de Ricardo.

Cada uno por tanto interpreta a… siete, ocho, personajes. Cambios de vestuario frenéticos. Cambios de acento. Cambios de sexo. Cambios de alma y espíritu. Todos salvo Ricardo. Siempre fiel a sí mismo. Siempre voraz. Siempre Israel Elejalde. Creo que de él he visto todo lo que ha montado desde Un enemigo del pueblo, pero no en la interpretaba al Dr. Stockmann, sino en la que Orella protagonizaba y él hacía de director de periódico. Lo digo como dato, simplemente, para dar a entender que he seguido su trabajo, con sus luces y sus sombras. Pues nunca le había visto así. Si en Hamlet rejuveneció aquí ya no tengo palabras para describirle. Resulta arrollador. No compartes nada de lo que hace, sabes que está mal, quieres odiarle y sin embargo, como la pobre Ana, no puedes más que rendirte a él. Es un hijo de puta. Pero es tan hijo de puta como fascinante.

Junto a él, Manuela Velasco da vida a Isabel, Verónica Ronda a Ana, Cristóbal Suárez a Buckinham (como papeles principales porque hay muchos que prefiero no desvelar y probablemente Suárez haga una de las mejores interpretaciones que le he visto) junto a Alejandro Jato, Chema del Barco y Álvaro Báguena que les acompañan dando vida a hermanos encarcelados, banqueros, hijos, carceleros, y todos los personajes necesarios para desarrollar la función. Y a pesar de la velocidad y de los múltiples cambios cada vez que uno de ellos sale a escena sabe perfectamente quién es, sin producirse atisbo de duda. Un trabajo coral y fantástico para arropar al rey deforme, que por otro lado necesita poco más que su micro para arroparse.

Cuento poco porque quiero contar poco. En serio, no me leáis, no perdáis el tiempo. Id al teatro. Hasta el día 17 de noviembre. Luego ya será tarde y empezaremos a pedir reposiciones una y otra vez. Pero por si acaso… sólo un consejo: Calle embajadores, 9 Madrid. Barrio de Lavapiés. Ricardo III. Y dadle recuerdos de mi parte. Ya le echo de menos.